La imagen original se transforma aquí en una línea suspendida, casi inestable, donde el
hilo conserva la fragilidad del dibujo y al mismo tiempo le aporta cuerpo y
permanencia.
El bordado no busca fijar la imagen, sino respirarla desde otro tiempo. La puntada
introduce pausa y convierte el dibujo en una presencia íntima, vulnerable y
profundamente humana.